
Vivir con Esclerosis Múltiple sin saberlo
No es cierto que empezara a vivir con Esclerosis Múltiple el día del diagnóstico.
La realidad es que llevaba ya un tiempo conviviendo con ella y, sinceramente, fue muchísimo más difícil hacerlo sin saberlo.
Yo seguía tirando con la vida que había construido: trabajo, niños, relaciones sociales, responsabilidades… hobbies no, porque no tenía tiempo. Y lo hacía todo “perfecto”. O al menos eso intentaba.
Cumplía con todos los aspectos de mi vida y, además, tiraba de mí misma. De mi cansancio. De esas “circunstancias” que entonces no llamaba síntomas, pero que ya estaban ahí.
Esas circunstancias añadían peso a mi mochila. Un peso invisible que cargaba cada día y que interfería con lo que en ese momento consideraba prioritario.
Y aun así seguía.
El círculo vicioso de la autoexigencia
Ahora, cuando lo escribo, me resulta casi imposible entender cómo sostuve aquella etapa.
Mi vida se convirtió en un círculo vicioso:
cuando conseguía llegar a todo, era la crack más cansada del universo;
cuando no lo conseguía, me sentía la peor y la más cansada de la faz de la Tierra.
Me comparaba constantemente.
¿Cómo lo hace fulanita?
¿Cómo se organiza menganita?
Me volví excesivamente autoexigente. Me estresaba para llegar a todo. Mi cansancio se multiplicaba porque hacía sobreesfuerzos constantes.
Y lo único que conseguí fue entrar en una espiral infinita de culpabilidad y frustración que fue minando mi autoestima. Y eso no ayuda nada cuando estás conviviendo con una enfermedad autoinmune como la Esclerosis Múltiple, aunque todavía no lo sepas.
Cuando el diagnóstico lo sacudió todo
El diagnóstico me devoró.
Me zarandeó de tal manera que quise huir. Buscaba una salida que me diera algo de paz.
En el fondo sabía que estaba viviendo por encima de mis posibilidades y que ese ritmo me estaba desgastando. Pero también creía que era invencible. Que podría seguir así eternamente.
La mujer que quería ser, aquella a la que aspiraba, ya no era compatible con todo lo que me estaba cayendo encima.
Yo, que siempre encontraba soluciones para todo, no encontraba ninguna.
El rechazo me brotaba por los ojos, aunque no quería reconocerlo. Yo siempre “lo hacía todo bien”. No me podía permitir el lujo de patalear. Sentía que tenía que dar ejemplo.
Tuve que tomar decisiones muy dolorosas para soltar cargas que ya no tenía fuerzas para sostener. Necesitaba liberarme.
Y lo más duro era sentir que nadie comprendía realmente lo que estaba pasando dentro de mí.
El diagnóstico también me dio respuestas
Sin embargo, el diagnóstico de Esclerosis Múltiple también me dio algo inesperado: respuestas.
Respondió a todas aquellas veces que fui al médico con síntomas invisibles.
Recuerdo cuando acudí al angiólogo porque me dolían las piernas y sentía quemazón. Me hicieron pruebas y mi circulación era perfecta.
¿Y qué hice? Me fui a casa pensando que sería el estrés.
También recuerdo cuando me caía repetidamente y fui al traumatólogo para que revisara mi tobillo. Resonancias, pruebas de esfuerzo… y la misma conclusión: no tienes nada.
Me iba a casa con la sensación de que debían pensar que estaba “cucu”.
El diagnóstico vino a responder todas esas pequeñas piezas sueltas.
—¿Veis? No estoy loca.—
El día que perdí la visión en aquella reunión de trabajo no me lo estaba inventando.
Aceptar, perder y reencontrarme
El camino de la aceptación no fue fácil.
Además del diagnóstico, tuve que enfrentar un divorcio que fue un daño colateral de libro. Y eso hizo que todo fuera aún más difícil.
Pero en medio de todo ese proceso gané algo profundamente valioso: me gané a mí.
Tuve la oportunidad de empezar a escribir mi propio camino. De elegir. De aprender a bienvivir.
Y aunque suene a frase bonita, para mí es un verdadero tesoro.
La visión centrista de mí misma
Hoy puedo decir que mi vida ha mejorado exponencialmente.
No porque la enfermedad haya desaparecido.
Sino porque ahora soy consciente de que porto una carga adicional que necesito atender.
Y eso lo cambia todo.
Ser consciente me obligó a cambiar el orden de prioridades. A asumir que la Esclerosis Múltiple venía para quedarse y que tenía que hacerle un sitio si quería sostener el resto de aspectos de mi vida.
Tengo que cuidarme.
Tengo que prestarme atención.
Tengo que estar en el centro de mi vida.
A esto lo llamo visión centrista de mí misma.