Cuidar la salud mental y cómo aprendí a ordenar lo que llevaba dentro

Hay sucesos en la vida que hacen daño, unos más, otros no tanto, que, si tratas de enterrarlos, buscan la forma de salir a flote.
Son marcas que se quedan en la piel, que con el tiempo empiezan a quemar por dentro, y la única manera de sanarlas es desenterrarlas y hacerles frente.
Hay mil ejemplos, pero uno de los tipos de heridas o traumas más difíciles tiene que ver con la incoherencia entre nuestros actos y nuestras creencias internas… que pueden venir de la herencia familiar, la educación e incluso la religión, y que pueden condicionar tu vida.
Y estos son difíciles de afrontar por la profundidad que tienen y porque generan un conflicto interno del que, a veces, ni tú mismo eres consciente.
Pero, a pesar de la dificultad, la buena noticia es que estos conflictos se pueden trabajar. Yo lo he hecho y reconozco que no es fácil, porque, en cierto modo, tienes que reescribir parte de tu código primario, y hay cosas que están demasiado grabadas a fuego.
En mi caso, por ejemplo, algunas ideas que malinterpreté de pequeña dentro de mi educación católica acabaron creando una pequeña inquisición dentro de mí: Un juez interno que cuestionaba decisiones o actos completamente nobles e inocuos y que me hacía sentir culpa donde no había motivo para ella.
Hoy sigo considerándome católica y continúo compartiendo muchos de los valores que me inculcaron mi familia y mi colegio. Sin embargo, también he aprendido a cuestionar algunas creencias antiguas, quizá demasiado rígidas, y a hacerlas coherentes con quien soy hoy.
Siempre digo: no soy psicólogo ni coach. Sin embargo, desde hace algún tiempo, tomé una de las mejores decisiones de mi vida: ir al psicólogo.
Y ha sido un acierto. Estaba muy confundida con la Psicología. Pensaba que un psiquiatra era como un psicólogo, pero mejor formado porque era médico. Y nunca entendí que, habiendo psiquiatras, alguien fuera al psicólogo. Pero era por absoluto desconocimiento, como suelen ser muchas cosas en la vida… La ignorancia es uno de los peores defectos, aunque, por supuesto, es corregible. Pero imagina a un ignorante con soberbia… un auténtico desastre.
Ahora sé que un psicólogo sirve para ayudarte a entender lo que te pasa emocionalmente. Te acompaña a mirar tus emociones, tus pensamientos, tus conductas, tus heridas, tus vínculos y tus patrones, y te ayuda no solo a entenderlos, sino también a transitarlos y gestionarlos.
Nunca he ido al psiquiatra, pero personas a las que quiero mucho han ido y, a diferencia del psicólogo, los psiquiatras tienen el cometido de valorar la salud mental desde una mirada médica. Evalúan si hay algo a nivel clínico y si puede ser necesario un tratamiento. Aunque algunos están formados en psicoterapia y podrían hacerla, no es lo más habitual.
Mi psicóloga me ha ayudado muchísimo en la aceptación de la EM, pero también en mi desarrollo personal: a redescubrir mi identidad y a acompañarme emocionalmente en los procesos que me ha tocado vivir, como duelos, traumas, relaciones o autoestima. Vivir con una enfermedad crónica tiene muchos retos emocionales a los que necesitas prestarles atención; es como una aceptación en evaluación continua.
También me ayuda a ordenar lo que me pasa: a organizar, priorizar, dar valor o quitarle peso a las cosas. A veces miramos al pasado para entender lo que se quedó atascado y poder poner orden en el presente; otras, trabajamos las preocupaciones del futuro para vivir con más calma en el hoy. Salud mental consiste, muchas veces, en poner los patitos en fila.
Me ha enseñado a gestionar mis emociones para poder encontrar calma incluso en medio de las grandes tormentas.
La verdad es que tengo mucho que agradecerle.
Al principio da un poco de pereza. Puf, ahora tengo que contarle mis penas o mis sentimientos más profundos… y sentirme vulnerable.
Pero ahora voy encantada porque es un hecho que me ayuda, me da herramientas y truquitos que me descomprimen y me aligeran en mi día a día. No es magia, pero es una de las mejores inversiones que he hecho en mí.
En esta época que nos ha tocado vivir, donde la salud mental cobra tanta importancia, tengo esperanzas de que las futuras generaciones vengan con el piloto automático de gestión de emociones y no tanto con la pala para cavar un hoyo para enterrarlas.
Yo tengo tendencia a la ansiedad y, enseguida que algo me preocupa, le doy mil vueltas y mi cuerpo entra como en ebullición. Es como en la peli de Al revés (qué bien escenificado, la verdad). Pero me voy conociendo mejor que empiezo a «cogerme» el truco, a ser consciente, a posponer actuaciones, y este simple hecho, de alguna manera, hace que baje la alerta.
Yo recomiendo mucho ir al psicólogo, pero es cierto que hay personas que no hacen clic y no las puedes convencer tampoco porque, por alguna razón, no les funciona. ¿Serán la educación, una mala experiencia o sus propias creencias las que no les dejan disfrutar de esta herramienta?
¿Y por qué los hombres, generalmente, van menos que las mujeres?
Aquí dejo mis preguntas sin resolver… Igual alguien se atreve a responderme.