Lo de complaciente…
Siempre he sido una persona pendiente de que quienes están a mi alrededor estén bien y a gusto. Durante mucho tiempo lo hice casi sin darme cuenta. Como si necesitara ser la niña buena, la que no molesta, la que todos quieren. Creí que complacer me aseguraba, de alguna manera, el amor.
He tenido que revisar esa forma de relacionarme. No porque atender a los demás sea algo negativo —al contrario—, sino porque hacerlo a costa de mí no era demasiado sano.
Hoy sé que me gusta atender y cuidar a los míos. Es parte de mi naturaleza. Y ya no quiero renunciar a eso. Solo necesito hacerlo desde la conciencia, sin dejarme fuera, sin ir en mi contra.
Y lo de vecina…
Tiene que ver con la cercanía. Con esa figura que vive al lado y con la que compartes conversaciones en el rellano, aprendizajes y te saca de apuros más de una vez. Alguien próxima. Humana.
Comparto lo que vivo y lo que voy comprendiendo. Pero también he aprendido que la intimidad es un espacio sagrado. No todo necesita ser contado para ser verdadero.
Llamarme “vecina” también me permite tomar distancia. Mirarme desde fuera. Observar mis luces y mis sombras con más perspectiva y, sobre todo, con más amabilidad.