
El verano, mi estación vitamina
Algunas personas con EM se encuentran peor con el calor: los síntomas se encienden, y lo pasan regular. El Fenómeno de Uhthoff hace que la velocidad de conducción de los impulsos nerviosos en fibras dañadas se ralentiza o bloquea, y da lugar a visión borrosa, fatiga, debilidad motora. Sin embargo, para mí, el verano es la estación en la que me encuentro mejor, en la que tengo más energía. Es curioso, porque si que el fenómeno lo he sentido a veces pero el frio lo llevo peor, me destemplo y a mi cuerpo le cuesta volver a atemperarse, esto no sé como se llama…¿desregulación térmica?
Tengo la suerte de ser de Málaga y, aunque vivo en Madrid el resto del año, en verano me instalo en este maravilloso lugar. Es mi ciudad natal y, aunque he pasado mucho tiempo fuera y he perdido algo de acento, sigo teniendo muchísimo arraigo. Me rodeo de personas a las que quiero. Y eso el cuerpo lo nota.
Emociones e inmunidad
Qué importantes son las emociones y el estado de ánimo para el organismo. Yo, como médico frustrada que soy, lo tengo comprobadísimo.
Soñé con estudiar Medicina hasta selectividad. Me interesaba muchísimo. Pero me lucí en selectividad y mi media se fue al garete. Con 17 años, no tuve el valor de repetir el examen. Preferí idear un plan B: estudiar Derecho y pasar un buen verano, cosas de no tener el cortex prefrontal muy desarrollado, adolescencia tardía.
Si tenemos una vocación, como yo la tenía, hay que esforzarse por ella. No conformarse. Porque lo que no intentas, se queda divagando en tu mente por años.
Serotonina, mar y espetos
Está claro que en verano, en Málaga, me encuentro muy a gusto. No sé si mi cerebro segrega más serotonina, oxitocina o dopamina … de lo habitual, pero todo fluye mejor.
En situaciones de amor, deseo, deporte o incluso estrés, nuestro cerebro libera sustancias que influyen en nuestro estado de ánimo. En mi caso, tener cerca a mis hijos, a mi familia, a mis amigos; disfrutar de los bañitos de sol y mar, y de mis espetitos… no necesito mucho más. No es que no tenga síntomas. Es que los encajo mejor. Se hacen más llevaderos.
Siempre pongo como ejemplo mi boda, en septiembre del 23. Bailé y bailé durante horas. Estoy segura de que esos mensajeros químicos me mantuvieron en la cresta de la ola.
Eso sí, durante semanas pagué el sobresfuerzo: cansancio extra, un buen resfriado y varias sesiones de fisioterapia. Pero mereció la pena.
Hay momentos que justifican el peaje.
Hacer deporte me salva cada día
Hacer ejercicio físico no solo nos hace sentir bien: estimula la liberación de sustancias que impactan directamente en nuestro sistema nervioso, endocrino e inmunológico. Reduce el estrés, modula la inflamación, mejora el estado de ánimo y ayuda a combatir el cansancio crónico. Te da energía y ganas de comerte el mundo.
Desde la Psiconeuroinmunología se sabe que el movimiento es un regulador potentísimo del eje estrés–inflamación. Cuando nos movemos de forma adecuada, disminuyen los niveles de cortisol sostenido, mejoramos la sensibilidad a la insulina y favorecemos la liberación de endorfinas, serotonina y BDNF (un factor clave para la plasticidad neuronal).
Es decir: no es solo sensación. Es biología.
Por eso es un verdadero elixir, comparable al tratamiento, así me lo comenta mi neurologa desde el primer día que la conocí.
A la hora de elegir el tipo de ejercicio debemos buscar la armonía con nuestro cuerpo. Elevar pulsaciones de forma controlada, ser conscientes de la respiración, asegurarnos de estar bien oxigenados. El oxígeno es energía celular; sin él, no hay eficiencia metabólica.
Rehabilitación
Buscar la conexión cerebro-músculo es fundamental. No es nada fácil, a mi me cuesta bastante pero se puede entrenar. Se llama propiocepción y es el sentido que nos permite ubicar el movimiento y la posición de nuestro cuerpo. Por ejemplo trabajo con los ojos cerrados tratando de diferenciar diferentes texturas con los dedos y planta del pie, es un juego que le da al cerebro mucho estímulo. O viendo la tele, si no hace mucho frío, me pongo a acariciar con los pies medias bolas de estas de plástico con pinchos que venden en el chino.
Trabajar la propiocepción no solo mejora la coordinación y previene caídas. También refuerza la comunicación entre sistema nervioso y el cuerpo. Movimiento consciente es regulación.
Cuando entiendes esto, el ejercicio deja de ser una obligación estética y se convierte en una herramienta terapéutica.
Y eso cambia completamente la forma en la que te relacionas con él.
Incorporar el movimiento a la vida
Si ya eres deportista, tienes mucho ganado en coordinación y fuerza. Yo jamás fui especialmente deportista, más allá de la gimnasia rítmica del colegio .
Me ha costado mucho incorporarlo a mi vida. Pero desde el diagnóstico hago ejercicio casi a diario y ha sido un descubrimiento enorme para mi bienestar.
Hay que alejarse del sedentarismo. Tengas o no una enfermedad, es obligatorio estar activo, moverte.
En mi caso, me ayudó hablar con fisioterapeutas para establecer la rutina más adecuada. Lo hice en distintos momentos con diferentes especialistas y me vino fenomenal.
A mí me funcionan bien 25–30 minutos de lunes a viernes, algunos días fuerza y otros cárdio. Lo difícil es encontrar el momento del día. Intento hacerlo por la mañana, cuando estoy más descansada y rindo mejor. Aunque a veces lo hago a otras horas para hackear a mi cerebro.
La motivación y los días difíciles
La motivación la encuentro en la variedad y, sobre todo, en cómo me siento después.
Lo más difícil es empezar. Los días en los que estás más cansada o tienes mil cosas que hacer son los más complicados… pero también los más gratificantes.
Porque el ejercicio te da un chute de energía para afrontar lo que venga y combatir el cansancio.
No siempre cumplo mi rutina a rajatabla, pero las semanas en las que lo consigo me encuentro mejor física y mentalmente.
Estar en el centro
Por experiencia propia, incorporar el hábito de la actividad física, de moverte, no debe ser una obligación; debe ser un gesto de autocuidado que nos regalemos cada día.
Cuando empiezas a tener gestos contigo en este sentido, empiezas a hablarte bien, a tenerte en cuenta, como lo haces con alguien a quien quieres. Son indicios de que estás en el centro de tu vida, y esa es la posición más valiosa.
Elegir el mejor lugar desde donde puedas verte con perspectiva y escuchar tu cuerpo y tus emociones con claridad.
Desde ahí, relacionarte con el mundo es mucho más sano y reconfortante.
Ese, para mí, es el verdadero elixir natural.