
Me he vuelto más reflexiva con las cosas que me van ocurriendo. Analizo un poco más las circunstancias y los detalles, y eso me ayuda a conocerme mejor.
Parece que siempre trato de ver el vaso medio lleno y me ilusiono con mucha facilidad, quien me conoce sabe que me agarro a un pequeño rayo de luz. Posiblemente esta es una condición que tengo desde niña. Es cierto que a veces esto te puede hacer caer al vacío desde un peldaño más alto si las cosas no son como esperabas, pero, por otro lado, me lleva de la mano una especie de fe que me sostiene y me impulsa hacia adelante.
Así que eso de esperar lo peor para no darte de bruces… no va conmigo.
Si algo no sale como me gustaría, ahora trato de canalizar esa frustración de una manera mucho más ordenada.
Y esto último sí que lo he aprendido en los últimos años. Mi mantra, y en lo que baso todos mis consejos cuando alguien me los pide, —si he hecho todo lo que estaba en mi mano y aun así no ha salido, pues toca aceptarlo… y a otra cosa, mariposa—, ya no sirve de nada preocuparse de más.
Cuando el cuerpo habla (y no siempre gusta)
Después del verano tuve un pequeño paso atrás: más cansancio, más debilidad, algo de dolor que nunca había sentido. Escribí al equipo de neurólogos, —esto de poder escribirles cuando necesitas consultar algo es super reconfortante— y me dieron cita.
La neuróloga me confirmó que parecía haber un empeoramiento.
Y la verdad es que, cuando nos pasa esto a los que tenemos Esclerosis Múltiple, nunca sabes —del todo— que va a pasar, si vas a recuperar o no, o qué será de ti.
En el mismo pensamiento aparecen mil y una posibilidades a modo de espiral. Hice muchos cálculos del tipo: si desde que me diagnosticaron he empeorado esto, en otros diez años debería esperar “equis”… Intentaba establecer un patrón, pero no se puede.
La incertidumbre, como su propia esencia indica, es no tener certeza de nada.
El miedo te frena
Así que hice lo que siempre hago: confiar en que todo iría bien.
Volví a mis hábitos poco a poco, porque cuando una está “regu” lo primero que se cae, es eso: el movimiento, las rutinas, lo que te sostiene sin que te des cuenta. Retomé el deporte, el máster… y, casi sin buscarlo, entendí algo importante: lo que más me estaba pesando no era el empeoramiento en sí, era el miedo.
El miedo paraliza. Te frena y te hace sentir como en una especie de cuarto oscuro, con un millón de pensamientos, la mayoría de ellos irreales.
Pero ponerle nombre y reconocer que estaba presa de esa emoción, fue como abrir una ventana.
Y desde ahí empecé a tratarme distinto: con más comprensión, dialogando conmigo, verbalizándolo también en terapia… hasta que algo bajó. La alerta, la tensión, ese ruido constante.
Y entonces sí: pude volver a centrarme en mí, en mi cuerpo, en hacer lo que estaba en mi mano.
Y volví a recordar algo que dice mi neuróloga y que ahora cobra todo el sentido: el movimiento y la actividad son, al menos, la mitad del tratamiento.
Mejorar y hacer «clic»
Hace unas semanas volví a consulta y, según la escala (la famosa EDSS), todo había vuelto al punto inicial.
Había mejorado.
Y sí, voy a ser justa hay una mejora objetiva: subir escaleras ya no me cuesta tanto como aquellos días.
Pero lo más importante fue entender que gran parte de lo que sentí durante aquellos días era miedo, y eso hizo que todo pesara menos. Como si alguien hubiera aflojado una mochila que llevaba.
Y al final, muchas veces, todo vuelve a lo sencillo.
Trabajé bien: fuerza, cardio, fisio… y por supuesto con mi psicóloga. Y a día de hoy quizá sigo sintiendo algo de dolor, quizá me canse más de la cuenta, pero tengo herramientas que usar, truquitos y antídotos que me hacen tener esa fe en mí.
Una forma de vivir (no una fórmula mágica)
Tener fe en que todo irá bien, pese a lo que la vida vaya trayendo, puede parecer un método simplón… pero para mí tiene algo de magia.
No podemos controlar lo que sucede en la vida, pero sí cómo caminamos en ella.
Identificar las emociones que sentimos nos ayuda a conocernos mejor e incluso a ser más compasivos con nosotros mismos. Y eso hace que baje la alerta, y con ella, el estrés y la ansiedad.
Y es que emociones como el miedo no son exclusivas de quien atraviesa una enfermedad.
¿No habéis visto nunca a alguien con un éxito tremendo, a quien aparentemente todo le va bien, y que sin embargo vive con un nivel de estrés y ansiedad que no le deja disfrutar de nada?
Quizá lo que les ocurre es que están muertos de miedo: miedo a perder lo que han logrado, miedo a fracasar…
Y ese bucle puede acabar boicoteándolo todo, porque en el fondo viven con el freno echado.
Por eso, más que tenerlo todo bajo control, para mí se trata de aprender a mirarse, a escucharse y a vivir con un poco más de conciencia.
Os comparto algunas premisas que intento seguir en mi día a día, no como mandamientos, sino como recordatorios para volver a mí y que aligeran el ruido mental:
— No compararme con nadie, ni con que el creas que está peor o mejor que tú.
— Prestarme atención (y sí, esto a veces es un poco egoísta, pero necesario).
— Intentar actuar lo mejor posible en el presente, aunque a veces vayamos varios capítulos por delante.
— Echar una mano al que lo necesita, importantísimo sin olvidarme de mí.
— Disfrutar de lo pequeño: una sonrisa, un abrazo, caminar descalzo, el sol en la cara.
— Y agradecer, aunque suene a tópico… porque cambia la forma de mirar la vida.
No sé si os pasa pero estamos bombardeados de formulas mágicas, suplementos estrella, mandamientos, mantras…, cada día más perfectos. Pero somos seres humanos, no máquinas. Tenemos que saber que vamos a meter la pata, y que a veces las cosas no salen bien aunque lo hayamos trabajado.
Y sí, soy de la opinión de que hay que actuar de la mejor manera posible. Sin embargo, enfocarse en la perfección y vivir al acecho de la culpa es inhumano. Os doy mi palabra que el simple hecho de ser conscientes e identificar lo que sentimos —aunque a veces no sea fácil—, es una forma de bienestar del bueno.
publicado 24/04/2026