¿Quiénes son los buenos y los malos?
Imaginemos una balanza: de un lado, la intención de ayudar desinteresadamente y hacer el bien. Del otro, el egoísmo, la manipulación o el interés propio.
Quizá la realidad es que ni somos tan buenos ni tan malos ni tan ingenuos ni tan espabilados… Somos un batiburrillo de vivencias, enseñanzas, aprendizajes y modelos de conducta.
Y si el saldo es positivo, tenemos mucho ganado. Porque la bondad es un tesoro que merece ser protegido: te da paz y te permite estar bien contigo mismo.
Quizá cada uno debería pararse a pensar qué significa, para sí mismo, actuar con bondad. Para mí es intentar actuar con coherencia en cada paso que doy: ser agradecida, ayudar al de al lado… pero también saber poner mis propios límites.

Una experiencia que me hizo reflexionar
Me gustaría compartir un comentario que recibí.
Ocurrió en mayo de 2024, la primera vez que mostré mi Esclerosis Múltiple en redes sociales, en un vídeo de Roche sobre la incertidumbre en la EM, en el que tuve la oportunidad de colaborar.
Y digo oportunidad porque no imaginaba lo bien que me iba a sentar compartir parte de mi proceso y pesar de todas las dudas, fue un acierto.
Verme hablar de mí misma y de mi enfermedad desde la calma, con el único objetivo de darle visibilidad —y no ocultarla—, fue un paso de gigante en mi proceso de aceptación. Y lo recomiendo, en el formato que cada uno elija, como algo profundamente terapéutico.
El comentario
Me temo que las cosas casi nunca son blancas o negras, como en las películas de vaqueros que veía mi padre. O, cómo decía un compañero de trabajo para justificar el comportamiento de alguien de la oficina, —Mer, todos tenemos luces y sombras—.
“¿Por qué sacáis solo a personas con cuadros de Esclerosis Múltiple que no les impiden hacer una vida normal? Pintar tan ‘cuqui’ una enfermedad que puede ser devastadora como la EM es un insulto para quienes tenemos cerca a alguien con esta enfermedad.”
Vida normal. Pintar cuqui. ¿Un insulto?
Lo que me removió
Pensé en contestar. Me pareció injusto. Aunque el comentario no iba dirigido directamente a mí, me sentí atacada.
Con lo que me había costado colocar la enfermedad en mi vida… y, de repente, alguien me dejaba en un limbo: ni dentro ni fuera.
Cuando se me pasó el enfado, me recordé algo importante: no todos pensamos igual, no todos estamos igual de informados y no podemos complacer a todo el mundo.
Pero el runrún seguía ahí.
¿Cómo puede alguien insinuar que yo soy un insulto para otras personas con la misma enfermedad? Sin saber nada de mí. Sin conocer lo que siento, lo que me limita o lo que me asusta.
No se paró a pensar que quizá yo también lo esté pasando mal… aunque no se vea. Y que, aun así, he conseguido darle la vuelta.
La esperanza —y no el drama— es lo que ayuda a que las personas que estamos en esta situación queramos mejorar y seguir adelante.
Lo que habría querido decir
Me habría gustado responderle que la Esclerosis Múltiple es la enfermedad de las mil caras. Que tiene una infinidad de síntomas, muchos de ellos invisibles, pero capaces de afectar profundamente a la calidad de vida.
También le diría que el hecho de expresarme con naturalidad no significa que mi vida sea fácil. Significa que sé comunicarme. Que la enfermedad no me ha afectado al habla… aunque podría haberlo hecho, como en muchos otros casos.
Quizá también tiene que ver con mi trabajo, que me enseñó a exponerme. Un trabajo que, por cierto, ya no tengo desde que me diagnosticaron a los 37 años.
Pero responder así sería entrar en la trampa del drama. Y no creo que esa sea la forma de ayudarnos.
Elegir cómo responder
Creo que la mejor manera de ayudarnos, como personas que convivimos con esta enfermedad, es darle visibilidad… sin recrearnos en el dolor.
Así que decidí no contestar.
Elegí otra forma de responder: el silencio y la indiferencia.
Cada uno actúa desde lo que es… y desde lo que sabe.
Reflexión final
Vivimos en una época en la que cuestionarlo todo, llevar la contraria o intentar no ser “uno más” puede llevarnos a opinar sin entender del todo.
Quizá lo que necesitamos es justo lo contrario: más pausa, más reflexión y más conciencia antes de juzgar.
Porque, al final, esa persona puede ser una excelente persona… aunque hiciera un comentario desafortunado.
No te dejes llevar por las apariencias.
Ni para bien… ni para mal.